Aunque nuestros pasaportes pueden cambiar de nacionalidad, el amor por la selección de fútbol de nuestra tierra nunca cambia. Es tan visceral que ponemos buena parte de nuestra felicidad en el resultado de partidos sobre los que no tenemos absolutamente ningún control. Ni siquiera mi mente autista, a la que le cuesta sentir emociones, se escapa de eso.

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